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Opinión - Modificación del régimen de la docencia, por Roxana Patiño

Cátedra vitalicia o fortalecimiento de la calidad del trabajo docente? Por Roxana Patiño - Docente de la Facultad de Filosofía y Humanidades - Prosecretaria de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Córdoba Artículo publicado en La Voz del Interior el 13 de noviembre de 2007- Sección: Opinión, página 11 A.

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Es preciso reconocer el carácter nacional de los regímenes de carrera docente. Este proceso requiere profesores altamente formados en los cuales realizar inversiones a largo plazo, evaluándolos de manera periódica y sostenida sobre un conocimiento que caduca cada vez con mayor celeridad.

La Universidad Nacional de Córdoba (UNC) entra en una etapa de definiciones de cara a la Asamblea que el 30 de este mes decidirá las reformas a los estatutos en relación al régimen de la docencia. En estos días las facultades y escuelas están llevando adelante reuniones de información y discusión sobre los términos de esta reforma que es altamente sensible a los casi 6.500 profesores que trabajan en la UNC, pero que también es de suma importancia para toda la comunidad universitaria.

Así lo están demostrando los debates públicos que se han realizado en torno a este tema y los que se esperan en los próximos días, debates que tenemos que alimentar con los mejores argumentos y con la mayor generosidad del pensamiento. Porque de eso se trata: de buscar el sistema más adecuado para garantizar el libre, riguroso y actualizado ejercicio del pensamiento en nuestra institución de educación superior, en lo relativo a una cuestión estructural para su razón de ser.

En virtud de esa importancia debemos hacer el esfuerzo de evitar que la discusión se base en planteos dicotómicos y distorsivos en los que en algunos casos se ha sintetizado, tales como "el sistema de concursos versus el sistema de carrera docente", o si este último constituye un retroceso o un avance respecto de la Reforma Universitaria de 1918. Los argumentos reductivos y defensivos no nos llevarán a una respuesta realista y superadora. Antes bien, consolidarán una visión poco crítica de las condiciones claramente diversas en las que hoy se desarrolla el régimen docente en la UNC. Si vamos a cambiar el sistema, deberemos primero reconocer que éste rige en un contexto caracterizado por situaciones variadas. Por lo tanto hay que buscar una modalidad que organice este complejo escenario.

La realidad y las normas

Ahora bien, ¿a qué sistema nos referimos cuando hablamos de la reforma del régimen de la docencia? ¿Al normativo o al fáctico?

Según los estatutos de la UNC, el régimen normal de la docencia está dado por el ingreso y promoción por medio de concursos. Sin embargo, según los más recientes datos recogidos por la Secretaría de Asuntos Académicos, podemos reconocer tres situaciones muy diferentes: 1) un grupo de tres facultades con un porcentaje de cargos concursados que excede el 70 por ciento, aquéllas justamente con mejores dedicaciones docentes; 2) otro grupo de facultades que, por distintas razones, poseen porcentajes muy bajos de cargos concursados. Para ellas, el régimen que efectivamente se aplica es la cobertura interina de cargos y la excepción es el sistema de concursos; 3) un conjunto mayoritario de unidades académicas que mantiene un sistema mixto, con porcentajes cercanos al 40 por ciento de cargos concursados.

Estos números deberían llevarnos a ciertas reflexiones. Pensar que con este panorama se puede pasar en bloque de un sistema A a un sistema B es, por lo menos, reductivo. Tal heterogeneidad determinará que en algunas unidades académicas la nueva normativa tenga aplicación inmediata y, en otras, pueda alentar la intensificación de los concursos, ya que para ingresar en el nuevo régimen de mayor estabilidad es una condición necesaria poseer un cargo con concurso vigente.

Se trata de un proceso que fortalecerá los principios de la Reforma Universitaria antes que debilitarlos, toda vez que asume su legado al mantener el sistema de concursos para el ingreso y la promoción -y aun para el cambio de dedicación-, un proceso que asume la bandera de la periodicidad y la competencia, al mismo tiempo que la actualiza a las lógicas transformaciones de un sistema universitario que ha cambiado sustancialmente en las últimas décadas.

Los docentes sabemos que, si bien el solo dictado de una norma no garantiza su cumplimiento -como no lo ha garantizado hasta ahora el sistema vigente en los últimos 89 años-, sí puede crear mejores y más adecuadas condiciones para su logro. Por lo demás, será también nuestra responsabilidad participar en todas las instancias en las que se discutan e implementen los mecanismos y procedimientos de control de gestión que aseguren los objetivos académicos del nuevo sistema.

Queda claro entonces que no sólo no se está renunciando a los concursos, sino precisamente reforzándolos a través de una serie de dispositivos e instancias de evaluación permanentes, a muchos de los cuales los docentes ya están habituados hoy. Tal es el caso de los informes de investigación, que los docentes-investigadores (más del 50 por ciento de los docentes de la UNC) deben presentar periódicamente.

Una de las principales fallas del actual sistema de concursos es que no se evalúa un proceso, sino un estado puntual del conocimiento científico y de aptitud didáctica del postulante. Los informes de su desempeño docente generalmente no forman parte de la evaluación en un concurso bajo el actual sistema. Se llega así a la paradoja de que en una clase de una hora -tal es el requisito- se puede evaluar positivamente a un profesor que ha tenido graves faltas en su actividad docente anterior.

Los concursos son el método más pertinente para seleccionar a los docentes, pero ya no lo son para evaluarlos periódicamente ni para retenerlos. Es necesario complementarlos con un sistema que dé respuesta a los cambios que nuestra Universidad ya no puede desconocer.

El contexto nacional e internacional

La Educación Superior en Argentina, al tiempo que lidia agónicamente con su ya histórico desfinanciamiento, puede, sin embargo, dar cuenta de algunas buenas noticias: el progresivo mejoramiento de la formación docente y de la actividad de investigación que debe apuntar a un perfil de universidad destinado a colocarse en la vanguardia de la producción de conocimientos y a impactar en el desarrollo social y cultural del país, vinculando eficazmente educación y trabajo.

La reforma en cuestión, lejos de ir a contrapelo de las tendencias actuales, más bien las acompaña; y en ese sentido convendría que nuestra mediterránea tendencia a la autorreferencia no nos jugara una mala pasada. Es preciso reconocer el carácter nacional de los regímenes de carrera docente. Más de la mitad de las universidades nacionales ya lo aplican y varias más lo tienen en estudio, incluso en vistas de una próxima aprobación.

Este proceso requiere profesores altamente formados en los cuales realizar inversiones a largo plazo, evaluándolos de manera periódica y sostenida sobre un conocimiento que caduca cada vez con mayor celeridad. Las universidades de gestión privada han tomado nota de esto y, aquellas que tienen la legítima ambición de traspasar el orbe de la enseñanza y apostar a la investigación están en plena revisión de sus regímenes docentes, adaptándolos en este sentido.

En otras palabras, los docentes e investigadores que ya entraron al sistema por concurso no necesitan competir con otros para demostrar su capacidad en un momento puntual; compiten permanentemente con los estándares disciplinarios cada vez que acreditan y ven subsidiadas sus investigaciones, se embarcan -e involucran a su Universidad- en proyectos colectivos nacionales e internacionales a largo plazo, forman recursos humanos estratégicos para su campo específico, participan periódicamente en la gestión institucional garantizando el relevo en la conducción de los asuntos universitarios y, sobre todo, renuevan de forma permanente los contenidos de sus asignaturas en contextos disciplinarios en los que el conocimiento que se adquiere al final de la carrera en su mayor parte ya es obsoleto a los pocos años. Si el nuevo régimen de la docencia aporta mayor estabilidad a los profesores universitarios, sólo será a condición de que antes hayan podido demostrar un desempeño con el nivel académico requerido.

Una rápida mirada a los sistemas universitarios internacionales arroja la misma conclusión. Con sus diversas modalidades, todos coinciden en un parámetro: sobre la base de un muy riguroso sistema de ingreso en los distintos niveles, se monta un fuerte dispositivo para apoyar la formación docente continua y controlarla a través de la evaluación periódica según altos estándares. Las universidades no dilapidan los recursos humanos adquiridos; los protegen y compiten entre ellas para ofrecer las mejores condiciones de trabajo.

La comparación con el contexto internacional arroja una doble percepción: por un lado, ayuda a observar las diversas estrategias contemporáneas de los sistemas universitarios para fortalecer sus cuerpos de docentes e investigadores cada vez más interconectados en el marco de la internacionalización de la educación superior; por el otro, nos muestra cuánto camino nos queda por recorrer para estar en las mejores condiciones dentro de ese mundo del conocimiento que tiene las llaves del desarrollo en el siglo 21.

Reformar el régimen docente es una de las iniciativas que debe interpretarse en esa dirección. Seguramente el compromiso asumido implicará más que una conquista, una responsabilidad. Sería coherente con nuestra tradición llegar a los 100 años de la Reforma habiendo dado algunos buenos pasos para honrar su espíritu.

© La Voz del Interior

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