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Dictadura y educación: El dolor del pasado reciente esbozado con tizas

La escuela no pudo escapar a la lógica represiva que las Fuerzas Armadas instalaron en la sociedad argentina entre 1976 y 1983. Con el retorno democrático, tampoco logró revertir el discurso hegemónico que implantó el gobierno de facto. [19.03.2007]

A días del trigésimo primer aniversario de la irrupción del terrorismo de Estado que se llevó con violencia más de 30 mil vidas en Argentina, el sistema educativo aún enfrenta el desafío de articular propuestas pedagógicas para transmitir el pasado reciente. Quizá el principal escollo para el diseño de tales alternativas de abordaje radique en la naturaleza propia de esa etapa histórica, que se encuentra en permanente proceso de elaboración y resignificación, y sobre la cual todavía quedan heridas abiertas.
Diversas investigaciones de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) reconocen la dificultad para incorporar los contenidos sobre el último gobierno dictatorial en el ejercicio diario de la docencia. Y aun cuando las carteras educativas nacional y provincial incluyen el tema entre los lineamientos curriculares básicos, su dictado en el aula está sujeto, en la práctica, a la voluntad de los profesores y la postura ideológica de las instituciones donde se enseña.
El análisis de esta problemática es el punto de encuentro de dos estudios científicos de la Casa de Trejo. Uno de ellos se sumerge en las historias escolares de los hijos de las víctimas del llamado Proceso de Reorganización Nacional para comprender cómo estos menores construyeron sus identidades y qué estrategias implementaron para adaptarse a un medio caracterizado por su ambigüedad: un espacio que los condenaba por la situación de sus padres presos políticos o desaparecidos, pero que también les brindó contención afectiva ante el abandono forzado generado por la detención ilegal de sus familiares.
El otro trabajo es un abordaje epistemológico que plantea la incorporación de la historia reciente e identifica la memoria como su objeto de estudio privilegiado. Se trata de una propuesta metodológica ambiciosa, que apela a la construcción colectiva del conocimiento sobre el pasado traumático, como una instancia para crear una conciencia crítica sobre esos acontecimientos.

EL PASADO EN EL AULA
Historia y memoria, dos caminos para la reconstrucción democrática
"Mi padre estaba tirado ahí, en la casa. Lo mataron allí, delante de nosotros. Yo tenía seis años, mi hermana tres y mi hermano un año... Y a mi madre la alzaron y tiraron en un camión como una bolsa de papas. Se la llevaron, nunca más la vimos... Después, los militares preguntaron a los vecinos quién quería quedarse con nosotros, y nadie quiso...".
El relato permanece indeleble en la memoria de César, uno de los 18 jóvenes que fueron entrevistados en el marco de una investigación etnográfica realizada para conocer la trayectoria escolar de los hijos de las víctimas del terrorismo de Estado en los últimos 30 años. El estudio es una tesis de la Maestría en Investigación Educativa del Centro de Estudios Avanzados de la UNC, desarrollada por María Lidia Piotti, docente e investigadora de la Escuela de Trabajo Social. El texto fue publicado por la editorial Comunicarte y presentado en la Feria del Libro, en septiembre de 2006.
Según las conclusiones, la escuela fue el espacio que el Proceso priorizó para la difusión de su ideología y donde procuró hilvanar la legitimidad y el apoyo indispensables que les permitieran mantenerse en la conducción del país. En 1978, las autoridades militares editaron el cuadernillo "Subversión en el ámbito educativo: conozcamos a nuestro enemigo", un documento destinado a los directivos e implementado (a través de la ordenanza del Ministerio de Educación número 538) como herramienta para lograr los objetivos del Proceso de Reorganización Nacional. En el nivel medio se desarticularon los centros de estudiantes y se persiguió a sus integrantes. Las universidades estatales fueron intervenidas, las facultades pertenecientes al ámbito de las ciencias sociales, las humanidades y el arte permanecieron cerradas, se redujo el presupuesto y se minimizó la investigación. 
"La dictadura militar reemplazó la razón histórica por la sinrazón e impuso, en los tres niveles de la escolaridad, la supresión de las diferencias en el pensamiento", denuncia Piotti y agrega: "Dejaron de existir las matemáticas modernas, la gramática estructural, los centros de estudiantes, los debates públicos, la confrontación de teorías sociales, las visiones revisionistas de la historia, las pedagogías libertarias, las cátedras libres. Muchos autores fueron censurados y sus libros quemados".

Respuestas diferentes
La actitud de las comunidades educativas ante la violación de los derechos humanos fue dispar. En algunos casos, adhirieron acríticamente al discurso oficial; en otros, sólo los docentes que concordaban ideológicamente con el gobierno de facto pudieron expresarse, mientras que el resto optó por el silencio.
Si bien la investigadora no detecta, a través de las entrevistas antropológicas, una diferencia sustantiva entre las escuelas religiosas católicas y las estatales, señala que en las primeras, el amor a Dios y los mandamientos de caridad fueron aplicados en prácticas diferentes e incluso opuestas. "En ciertos casos, para invitar al perdón de los asesinos de los padres; en otros, para discriminar a los niños involucrados en las consecuencias del Estado terrorista, y en algunos para apoyar a las familias afectadas y sustraer a los niños de la represión", explica.
En la reconstrucción de la memoria que Piotti ejercita por medio del relato de los hijos de desaparecidos, aparece reiteradamente una dualidad discriminación-contención, como actitudes coexistentes en el mismo ámbito educativo. "La ausencia de mis padres no la sentí durante la niñez, sino después, cuando en el sistema educativo la gente me hizo sentir segregado por ser hijo de desaparecidos", comenta Santiago, uno de los testimonios.
Y así como muchos descendientes de las víctimas de la dictadura se percibieron considerados como diferentes, separados por sus compañeros y ubicados por sus educadores, de acuerdo al estudio, en un lugar de riesgo patológico, también se dieron situaciones opuestas, donde recibieron el apoyo y la contención afectiva de sus maestros.
En este sentido, la autora del trabajo destaca que hubo casos donde el afecto brindado en la escuela suplantó "con un grado considerable de eficacia, sentimientos que debían haber proporcionado las figuras paternas ausentes, fundamentales para el desarrollo en la infancia y adolescencia". De todos modos, aclara que no se trató de una respuesta institucional, sino más bien de acciones atomizadas encaradas por algunos docentes, directivos o padres de otros alumnos.

La secundaria tras la democracia
El ingreso al nivel medio de muchos de estos jóvenes ocurrió durante el retorno al Estado de Derecho.  Pero en oposición al ejercicio de un diálogo abierto y sincero sobre el pasado reciente, muchos enfrentaron posturas encontradas donde aún permanecían los resabios del discurso que había instalado la dictadura.
"En la escuela secundaria, a pesar de ser una institución privada progresista, hubo silencio absoluto, nunca se tocó el tema de la dictadura. Quizás había una posición implícita tomada, pero nunca se hacía explícita, a viva voz, discutirlo, hacerlo una cosa más de grupo", recuerda Matías en un apartado del trabajo. 
Así fue como muchos chicos se encontraron ante caminos bifurcados. Piotti descubre que en el secundario algunos de los adolescentes entrevistados comenzaron a sentirse estigmatizados y señalados por su historia. "No se trató de un ataque directo, sino del resultado de la inculcación, por parte de los profesores, de informaciones que condenaban y tergiversaban los acontecimientos que sus padres habían protagonizado y en los que resultaron afectados. Otros docentes enseñaban teorías contrarias a lo que siempre habían escuchado en sus familias, o a los criterios de verdad con que ellos mismos se manejaban", subraya.
De los relatos recabados por la investigadora, resulta claro que el restablecimiento institucional generó actitudes encontradas en los diferentes espacios educativos. En algunos, el alejamiento de los militares abrió las puertas para un diálogo que había sido enmudecido durante mucho tiempo, habilitó el ejercicio de prácticas participativas y se promovieron análisis críticos sobre los acontecimientos recientes.
No obstante, en contraposición, hubo también casos en los que los docentes continuaron utilizando los mismos materiales de estudio distribuidos durante la dictadura, y donde se impuso un silencio absoluto.
Para Piotti, no hablar evitaba conflictos y encubría la permanencia del miedo y la dificultad para procesar los acontecimientos vividos. "En las experiencias de los hijos se aprecia que las escuelas que actuaron como un bloque en la dictadura defendiendo posiciones afines al terrorismo de Estado, en la democracia no produjeron cambios sustanciales sino una adaptación pasiva a las nuevas condiciones institucionales", expresa la investigadora.

Contenidos curriculares
Una de las principales dificultades que se abren en el horizonte educativo es la incorporación de los contenidos sobre el pasado reciente. Aun cuando los programas escolares incluyen su abordaje y marcan el 24 de marzo como una fecha lúgubre para la trayectoria institucional de Argentina, lo cierto es que su dictado en el interior del aula queda supeditado a la iniciativa del docente y, como señala Piotti, es obviado en numerosas instituciones para evitar conflictos con los padres o, simplemente, porque sus autoridades no acuerdan con esa revisión histórica.
Entonces, ¿cómo incluir el estudio de las últimas décadas en la institución educativa?¿Cómo transmitir una política de la memoria sin que ésta se convierta en un mandato autoritario?
Las preguntas constituyen el disparador de la tesis de la Especialización en Enseñanza de Ciencias Sociales desarrollada por María Celeste Cerdá, docente de la Facultad de Filosofía y Humanidades y de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano. Ambos interrogantes aluden a la posibilidad de que las instituciones educativas y la Historia como disciplina escolar generen "políticas de la memoria" que favorezcan una reconstrucción democrática tras la irrupción de las Fuerzas Armadas.
En opinión de la investigadora, la historia oficial todavía no ha podido constituirse y eso repercute en el aula. "Al incorporar la problemática de la transmisión de nuestro pasado traumático surgen distintos dilemas que, en la mayoría de los casos, son resueltos por el docente", apunta. Ésa es la razón de la existencia de criterios contrapuestos, por caso, entre los educadores que eligen el olvido y quienes sienten la obligación de practicar un revisionismo crítico del pasado nacional.
"Tanto la historia como la memoria son representaciones de lo sucedido -expresa-. Sin embargo, se supone que la primera tiene un carácter de objetividad y construcción intelectual sometida a operaciones científicas que le permiten acercarse a los hechos con mayor grado de veracidad. La segunda, en cambio, se relaciona con lo íntimo y lo vivido, con una reconstrucción muy individual y, por lo tanto, subjetiva; es fragmentaria y plural".

Propuesta de abordaje
Para Cerdá, la enseñanza de la historia como un relato armado de recuerdos cerrados y ya elaborados poco puede aportar a la reconstrucción democrática. "Por eso es fundamental recuperar la memoria que el alumno tiene de los acontecimientos recientes, escucharlo y aceptar la pluralidad como base para la construcción", sostiene la docente.
Desde este punto de vista, la fórmula consiste en permitir que estas múltiples visiones se expresen y luego aportarles, desde la historia, las categorías para alimentar el diálogo y la reflexión.
Su propuesta metodológica apela al abordaje de la historia de los últimos 30 años y la inclusión de la memoria como objeto de estudio. Se trata, en última instancia, de un proyecto que interpela al colectivo educativo constituido por docentes, directivos, alumnos y padres. "Implica abrir el aula a la pluralidad de evocaciones, crear espacios para la circulación de múltiples voces y generar ámbitos de respeto y escucha", destaca la docente, aunque reconoce que los recursos teóricos y metodológicos que poseen los docentes para instrumentar este enfoque resultan, actualmente, insuficientes. Esta perspectiva representa un intento de acercase al pasado reciente desde una posición activa. Significa, también, romper el relato único y favorecer la expresión de otras voces como una manera de democratizar los recuerdos. Se trata, en definitiva, en pensar la posibilidad de una historia plural y tolerante. 
"Desde nuestra experiencia cotidiana, resulta innegable que en el presente histórico la dictadura es un proceso que sigue vigente y abierto por la existencia de una memoria viva, pero también por comportamientos relacionados con una cultura del miedo, la sumisión e individualidad y, además, porque aún no hemos podido procesar ese pasado como sociedad. Por ello, es en la actualidad donde se desenvuelven sus luchas", subraya. En su opinión, a 31 años del golpe la discusión no es ya entre memoria y olvido, sino entre distintas memorias que luchan por la legitimidad de su versión del pasado. La deuda pendiente incluye no sólo los crímenes del Proceso, entre otras cuestiones, sino un debate social e intelectual serio y comprometido sobre sus significados.

Una experiencia con las nuevas generaciones
Por Darío M. Olmo*

Desde el inicio de nuestros trabajos en Córdoba, a fines de 2002, ordenados por la Justicia Federal  para establecer la existencia de inhumaciones clandestinas de víctimas del Terrorismo de Estado en el Cementerio de San Vicente, encaramos simultáneamente la tarea de intentar dar a conocer la naturaleza de nuestro trabajo y los resultados parciales que la investigación generaba. Esto se vio facilitado por la hospitalidad y el apoyo que recibimos de parte de diversos sectores de la comunidad. Tanto desde el Estado como desde la sociedad civil, pudimos advertir la sensibilidad y el interés que el tema despierta, así como una actitud solidaria y dispuesta a allanar el camino que conduciría a un mejor conocimiento de lo ocurrido en Córdoba tres décadas atrás.
La Universidad Nacional de Córdoba, a través de la Facultad de Filosofía y Humanidades, nos permitió articular un acercamiento a un sector particularmente importante, desde nuestro punto de vista, para volcar el resultado de los trabajos y las vicisitudes por las que atraviesa. Este sector lo constituyen las personas que estudian en la universidad y los estudiantes del nivel medio. Estos nuevos ciudadanos, nacidos con posterioridad al conflicto de Malvinas, no han pasado, afortunadamente, por la experiencia de vivir bajo un Estado Terrorista.
No es difícil advertir la complejidad y lo delicado que tal transmisión supone.
Mostrar que aquello fue posible, implica alertar que aquello es posible, y que vivimos en una sociedad donde sobreviven, atenuadas pero aún latentes, ciertas tendencias a la intolerancia y al desprecio por los derechos y las condiciones de vida  de muchos de nuestros paisanos.
En nuestro caso, optamos por ofrecer clases en las cuales se explican los supuestos y las rutinas que constituyen el trabajo del arqueólogo y el antropólogo forenses. Intentamos exponer cuál es nuestro campo específico, dentro de las ciencias forenses y cómo es posible establecer rasgos de las personas a partir del examen de sus restos óseos. Cómo se puede determinar el sexo, estimar la edad, la estatura, las condiciones de vida y, si se manifiestan, la causa y el modo de muerte. Intentamos expresar que el logro más ambicioso lo constituye restablecer, sin margen para la duda, la identidad escamoteada. Para esto último, el recurso a la comparación de material genético que realiza el equipo del Dr. Carlos Vullo en la ciudad de Córdoba resulta de una importancia crítica. Hablar de la Antropología Forense en nuestro país inevitablemente debe acompañarse de la explicación sobre el contexto en el que surge y se desarrolla: las investigaciones sobre las masivas violaciones a los Derechos Humanos, que son el estandarte de una época aciaga.
A esto se suma, frecuentemente, la exhibición de material audiovisual, una herramienta que facilita la comprensión y nos permite acercar a las aulas la voz y las imágenes de los familiares de las personas buscadas y, en algunos casos, halladas. El documental El Ultimo Confín, de Pablo Ratto, y otra producción llamada Señor Presidente, de Liliana Arraya y Eugenia Monti (a estrenarse oficialmente el próximo jueves en la Ciudad de las Artes), son de una calidad y elocuencia que facilitan enormemente la transmisión. A lo largo de 2003, 2004, 2005 y 2006 hemos dado cerca de un centenar de clases de este tipo, en decenas de establecimientos de enseñanza media de la ciudad de Córdoba y zona de influencia, además de Brinkmann, Manfredi, Oncativo, Villa María, Río Segundo, Freyre y otras localidades del interior cordobés donde ello fue solicitado. Esperamos hacer lo propio en Río Tercero y Coronel Moldes en la semana que se inicia. También hemos dictado un curso introductorio a la Antropología Biológica y Forense en la Unidad Penitenciaria 1 de barrio San Martín, en el marco del Programa Universitario en la Cárcel, que depende de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC.
Todo esto ha sido posible gracias a la Secretaría de Extensión de la Facultad y al compromiso de un grupo de graduados de ésta, con el que coordinamos las actividades, y que por ser docentes de enseñanza media nos enseñan sobre la mejor manera de abordar los cursos.
Evaluar la experiencia es muy difícil. Quizás una forma lo sea esbozar lo que con estos graduados estamos analizando en lo que va de este año para poner en práctica en los cursos: invitar a los estudiantes a investigar cómo era, hace treinta años, su escuela, su familia, su barrio, su calle. Una invitación a hablar con sus padres, abuelos, vecinos mayores, aquellos cuyas voces no suelen ser tenidas en cuenta. Invitarlos a imaginar y a componer cómo eran estas personas cuando tenían la edad que ellos tienen ahora. Invitarlos a incorporar la dimensión pasado a su horizonte conceptual. A sentirse parte de una comunidad, atravesada de tensiones y conflictos, pero también hilvanada en una historia común, que sería triste que se pierda.

* Socio fundador del Equipo Argentino de Antropología Forense.
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