Discurso asunción 2007
Discurso pronunciado por la Dra. Carolina Scotto al asumir las funciones de rectora de la Universidad Nacional de Córdoba - 25 de abril de 2007
Autoridades nacionales, provinciales y municipales presentes, autoridades y representantes de distintos organismos e instituciones, estatales y privados, representantes de sectores sociales, autoridades educativas, miembros del Honorable Consejo Superior, ex rectores de esta casa, señoras y señores decanos y vicedecanos, señor rector y vicerrector saliente, señores miembros de los Honorables Consejos Directivos de nuestras 12 Facultades, funcionarios, profesoras y profesores, empleadas y empleados de esta casa, estudiantes, familiares, colegas, y tantos queridos amigos:
Comenzamos hoy una etapa nueva en la muy vasta historia de la Universidad Nacional de Córdoba.
Cuando en el año 1613 los jesuitas dieron inicio a los primeros Estudios Superiores en el Colegio Máximo, en la remota Córdoba del Tucumán, nacía una universidad de orientación teológico-filosófica. Sólo a comienzos del siglo XIX, en los años finales de la época colonial, diversas reformas y proyectos de crecimiento fueron dándole a nuestra universidad un sesgo cada vez más ilustrado, laicista y científico. A comienzos de siglo XX, el movimiento universitario reformista, con sus reclamos de apertura, calidad académica y democratización, expresando como nunca antes la significación política positiva del movimiento estudiantil en la vida universitaria, construyó otro símbolo de nuestra historia institucional, aunque ya no sólo de la nuestra, sino de muchas otras universidades de nuestro continente.
Nuestra Universidad Nacional de Córdoba actual es la que ha visto nacer, durante la segunda mitad del siglo XX, a la mayor parte de sus actuales facultades, profesionales y humanísticas, básicas y aplicadas; pero es también la Universidad tantas veces abatida o alterada por sus crisis, intervenida contra su natural autonomía o bien abandonada a su deriva; es la Universidad en la que estallaron los más heroicos pero también los más trágicos escenarios de las rebeliones y las violencias políticas de la década de los 70, llevándose con ellas, estudiantes, empleados y profesores, arrasando instituciones, carreras, libertades, derechos, ideas y, sobre todo, vidas y esperanzas humanas; es la misma Universidad que pudo renacer de aquellas terribles cenizas con la democracia, y se recuperó lenta pero muy trabajosamente de sus profundas heridas humanas, políticas y académicas, mientras vivía, a su vez, la expansión gradual pero incesante de su potencia social transformadora: las dos últimas décadas del siglo pasado fueron las del crecimiento explosivo de las matrículas estudiantiles, la emergencia de la universidad masiva, y también, la época de la recuperación y el fortalecimiento de la producción académica y la democracia institucional.
La universidad de hoy, plenamente inmersa en la vida de esta extraña ciudad de los contrastes, moderna y a la vez tan provinciana, difícil pero siempre prometedora, guarda los signos contradictorios de aquella herencia y alberga, al mismo tiempo, las tensiones y los progresos de su historia más reciente. Es una larga historia, son ya casi 400 años.
Vista desde nuestra perspectiva, la verdad es que, a partir de hoy, y sólo en el mejor de los casos, apenas si comenzaremos a escribir otro muy breve capítulo. La escala con la que se miden los procesos humanos en la lenta historia de construcción de las instituciones no es la misma que cabe aplicar a cada uno de nosotros, a nuestras propias historias personales en ellas. Pero no hay en esta desproporción razones para el desaliento, sino al contrario: es el mismo peso positivo de esta historia -es decir, no de todos pero sí de aquellos legados que elegimos confirmar o renovar, no de todas, pero sí de aquellas tradiciones propias que hemos decidido fortalecer o mantener vivas, el que le da vigor y aliento a nuestros sueños y generosidad a nuestros proyectos presentes. Porque se trata en realidad de la historia en la que elegimos reconocernos, aquella que escribieron las figuras, los hechos y las obras, es decir, los esfuerzos y las luchas de nuestros grandes universitarios: el Dean Gregorio Funes, Juan José Castelli, Dalmacio Veléz Sársfield, Florentino Ameghino, Ramón J. Cárcano, Félix Garzón Maceda, Ceferino Garzón Maceda, Deodoro Roca, Enrique Barros, Gregorio Bergman, Saúl Taborda, tantos más, no sólo pasaron por nuestras aulas sino que edificaron una parte de la más noble historia de esta universidad y fueron también parte de la fundación y el desarrollo de nuestro país. Pero también debemos reconocernos en la historia anónima e igualmente significativa que escribieron y seguirán escribiendo otros muchos universitarios, aquellos cuyos nombres los libros no registran: profesionales, pedagogos, intelectuales, artistas, científicos, abogados, que expandieron los derechos y los bienes de sus comunidades con conocimientos y sentido cívico. De toda esa materia invisible pero muy sólida también está hecha nuestra universidad actual.
Elegimos esa historia para apoyar nuestros pasos pero sobre todo para intentar abrir caminos nuevos. La elegimos porque es un estímulo para pensar que es posible, no meramente cerrar por fin algunos penosos capítulos, sino también dibujar los primeros trazos de nuevas y mejores tradiciones. La identidad histórica y la memoria no tienen que ser el reducto cerrado y distante donde se almacena el pasado y se cubre con un telón de símbolos inertes, sea para el recuerdo o la admiración, pero en cualquier caso, para la abulia o la resignación. Al contrario, la conciencia de la identidad histórica es el único horizonte de sentido, un horizonte esencialmente humano, el de cada uno de nosotros, criaturas históricas, las personas, las instituciones y los pueblos. Ese horizonte de sentido es el que podrá proyectar nuestros esfuerzos, más allá de las simples rutinas, los probables desaciertos y los grandes obstáculos. Conscientes de nuestro pequeño papel en esa gran historia, tenemos al mismo tiempo la obligación y el deseo de querer trabajar con la generosidad de quienes la edificaron.
Pero también tenemos que ser conscientes, desde ahora, y todo el tiempo, que sólo será posible avanzar si identificamos con responsabilidad y con madurez nuestros problemas, y si nos resolvemos a intentar enfrentarlos con igual responsabilidad y madurez.
En primer lugar, nuestra Universidad pública, necesita estrechar la enorme brecha creada, hace tiempo, entre sus capacidades y vocación y obligaciones de crecimiento y sus precarios, inestables e insuficientes recursos. Esta, nuestra Universidad de Córdoba, está llena de gente que no sólo trabaja, sueña, inventa y construye, con enorme talento y con muy valiosos resultados, sino que tiene además que imaginar todo el tiempo cómo hacer para que sobrevivan esos propósitos a tan escasos estímulos, a tan escasos apoyos. Dicho de forma concreta, nuestra Universidad necesita que el Estado Nacional se comprometa seriamente con la sustancial recuperación de nuestros presupuestos educativos, un proceso que ha tenido comienzo pero que espera continuidad y mejores avances.
Necesita una franca y sostenida recuperación de la situación salarial de los universitarios, docentes y no docentes, pero también un sustancial incremento en las inversiones de capital y fondos para subsidios a la investigación, el desarrollo científico y la innovación tecnológica, así como para los diversos insumos que se requieren para la formación de graduados y especialistas, sin los cuales no será posible garantizar la calidad educativa necesaria, ni la adecuación y ampliación de las metas académicas posibles. De igual modo, nosotros los universitarios, en el pleno uso de nuestras autonomías, tenemos la obligación no sólo de asegurar la mayor austeridad en el gasto, sino también de realizar una distribución ponderada y ecuánime de esos presupuestos, centrada en los objetivos esenciales de la universidad, y basada en parámetros objetivos, orientada por programas y proyectos consensuados. Con todo lo difícil que resulta postergar las legítimas necesidades de crecimiento de todas las áreas de la Universidad, no sólo de las Facultades sino de las demás organizaciones y programas, así como de los sectores y los grupos involucrados, nada es menos universitario que encarar la penosa distribución de los siempre magros recursos sin un análisis objetivo y adecuado de las situaciones reales, y sin una evaluación seria de las prioridades, que nos permitan ir superando gradualmente tantas deficiencias o las inequidades.
En segundo lugar, necesitamos desarrollar modalidades de trabajo e interacción entre los miembros de nuestra comunidad universitaria y con la sociedad que sirvan a nuestros fines comunes, no sólo afinando el sentido de la oportunidad, sino aprovechando los recursos dispersos disponibles y potenciando e integrando las experiencias aisladas de grupos de trabajo e investigación y de unidades académicas, en un marco institucional mayor. Tanto en materia de políticas de extensión, es decir, en lo referido a programas de vinculación con la comunidad y de transferencia con organismos y sectores públicos y privados, como en todas las demás áreas del trabajo universitario, queremos y debemos aportar nuestro sentido crítico, nuestros conocimientos y experiencias. Pero tenemos también que estar dispuestos a revisar nuestras propias idiosincrasias, auto-restricciones e inercias, a mejorar nuestras propuestas de formación e investigación, a actualizar y corregir nuestras normas y prácticas de funcionamiento, para hacernos más sensibles a las legítimas demandas de nuestro medio social, productivo, laboral y cultural en general.
En tercer lugar, con sus 85 carreras de grado y más de 200 carreras de posgrado, y con una constante diversificación y desarrollo de la investigación en las grandes áreas del conocimiento, nuestra Universidad necesita también empezar una seria etapa de análisis y evaluación crítica de las líneas que ha seguido este crecimiento, para favorecer una mayor articulación y equilibrio en cada una de las unidades académicas y centros de enseñanza e investigación. Con todo lo difícil que resulta encarar estos procesos, tanto en lo referido a las propuestas académicas como en lo referido a las normas y criterios con las cuales alentamos u obstruimos su implementación, es nuestro deber intentarlo. Nada menos universitario que la incapacidad para observar críticamente y corregir el rumbo cuando los resultados son pobres o demasiado tardíos. Que nuestros estudiantes se mantengan en la universidad, ayudándolos a superar los diversos obstáculos, externos e internos, que concreten su graduación en términos más razonables, que los contenidos y las estrategias formativas que reciban les aseguren pertinencia, calidad y sentido crítico. Que nuestros graduados reciban una formación de posgrado y una oferta de capacitación permanente, seria, accesible, flexible y variada. Que la población no universitaria también ingrese mucho más a nuestras aulas, como nuestros alumnos de la tercera edad, que ya lo hacen, porque nuestra comunidad necesita que las experiencias y las ideas circulen entre todos los ciudadanos más generosa y desprejuiciadamente.
La Universidad Nacional de Córdoba alberga hoy doce Facultades, y proyecta algunas más; tiene además muchas unidades académicas que requieren desarrollo, integración y autonomía: Escuelas, Institutos, Departamentos y Centros. Su histórico Observatorio Astronómico, creado a fines del siglo XIX, convertido en un símbolo de la expansión de la enseñanza de las ciencias naturales en nuestro país, y también símbolo positivo y excepcional de la visión político-estratégica que han exhibido sólo algunos pocos gobernantes, hoy es una realidad científica que nos enorgullece; el Laboratorio de Hemoderivados, convertido en pocas décadas en una empresa en constante crecimiento, que reinvierte en su desarrollo y proyecta un futuro, también nos enorgullece; el Hospital Nacional de Clínicas, al que muchos querríamos ver recuperado en sus objetivos de Hospital Escuela y en sus condiciones generales de funcionamiento, del mismo modo que a la Maternidad Nacional, requerirá también de nuestro apoyo y nuestro trabajo; los emblemáticos Servicios de Radio y Televisión, expuestos a crónicas dificultades por la ausencia de esfuerzos colectivos, responsabilidades compartidas y proyectos serios, requieren de nosotros y nosotros de ellos, para empezar a escribir el capítulo, por fin, de su recuperación; nuestros casi ocultos 16 museos, con tesoros patrimoniales que han comenzado a revelarse como un valor cultural relevante para la sociedad cordobesa; sus dos prestigiosos colegios, el tradicional Colegio Nacional de Monserrat y el moderno Colegio Manuel Belgrano, nacidos en contextos y bajo metas educativas bien diferentes; sus muchas y valiosas bibliotecas, laboratorios y centros de investigación teórica y aplicada. En fin, como sabemos, una comunidad institucional tan compleja, con realidades diferentes, que hacen ocioso reiterar en qué medida será necesario muchísimo esfuerzo e inteligencia conjuntos.
Las instituciones, además de su historia y de sus estructuras, son, esencialmente las personas que las hacen: nuestra universidad cuenta con unos 110.000 alumnos, poco menos que 8.500 profesores y unos 2.700 empleados. Formamos una comunidad que no sólo es enorme y dispar, sino que es también compleja y muy activa. Hijos e hijas no sólo de esta ciudad sino de otras ciudades y provincias del país y del extranjero, estudian en nuestras aulas y laboratorios, y llenan esta ciudad de la vida que es propia en esa etapa de transformaciones y promesas. Alrededor de un 25 por ciento de ellos, necesita trabajar para sostener sus estudios, y muchos otros los llevan adelante con el apoyo muy esforzado de sus familias. Necesitamos fortalecer nuestros programas de becas y estimular políticas de contención de la matrícula desde sus inicios para evitar las desgracias del desgranamiento, la deserción temprana y la duración excesiva en el desarrollo de la carrera universitaria.
Nuestras profesoras y profesores con sus distintos perfiles y visiones de la labor universitaria, tienen también necesidades específicas, estilos y competencias profesionales o teóricas muy dispares: necesitamos pensar cómo hacer menos sacrificado y mejor reconocido el trabajo docente y de investigación, minimizando los enormes esfuerzos burocráticos, estimulando y reconociendo los resultados alcanzados, integrando y distribuyendo mejor los esfuerzos, asignando más equilibradamente cargos y dedicaciones, para conseguir, junto a una mejor calidad laboral, un mejor resultado académico.
Algo similar ocurre con las empleadas y empleados de la Universidad, que viven en cada uno de sus distintos ámbitos de trabajo realidades completamente diferentes: dispares remuneraciones por el mismo trabajo, desiguales oportunidades de capacitación y crecimiento, situaciones laborales precarias, inapropiadas e incluso aberrantes, y tanto prácticas como demandas que sólo se explican por las graves y consolidadas distorsiones que han caracterizado por años a la política laboral universitaria y a la política prebendaria con el sector no docente en particular. Transparentar estas situaciones, corregir las desviaciones y construir una comunidad de trabajo solidaria, responsable, comprometida activamente con los proyectos institucionales y reconocida por todos, serán, sin dudas, las metas que todos deberíamos hacer propias con nuestros empleados de la universidad.
Puesto que encarar la gestión de gobierno en una institución de estas características requiere el máximo esfuerzo de racionalidad y organización, vamos a proponer una estructura que responda lo mejor posible a esos parámetros y que, por lo tanto, facilite el gobierno y, sobre todo, potencie el trabajo universitario. Para ello no bastará con dotar de una mayor eficiencia a la administración de los recursos, ni con asegurar la participación activa y constante en la arena de negociación de los legítimos intereses y perspectivas particulares o sectoriales, sino que es necesario, además, definir políticas de Estado que aspiren al bien común en el marco de un proyecto integral de universidad. Nuestro propósito y nuestro compromiso es el de asumir seriamente, y como práctica fundamental de gobierno, la difícil labor de construir los consensos necesarios para dar apoyo a las transformaciones propuestas, único modo concebible de otorgar significado institucional y legitimidad a los actos de gobierno.
La estructura organizacional que vamos a proponer no garantiza, por sí sola, esa dinámica. Sin embargo, el agrupamiento funcional planteado permite pensar la universidad más integradamente y facilita las interacciones que coadyuven a la formulación y articulación de políticas de gestión. A esta idea responde el proyecto de reducir drásticamente el número de Secretarías rectorales, más allá de la obvia consecuencia de una mayor eficiencia en el uso de los recursos. Los temas fundamentales de gobierno se concentrarán en una reducida cantidad de ámbitos institucionales, propiciando no sólo la coordinación interna de cada Secretaría sino, además, la conformación de un gabinete que se proyecte como equipo de trabajo y sea capaz de ofrecer una mirada integrada de todas las decisiones de gobierno. Esta será nuestra propuesta al Honorable Consejo Superior, y confiamos que sabrá acompañarla, no sólo con su respaldo formal sino con un voto positivo genuino.
A estas reformas se sumará el desarrollo de políticas de comunicación, de apertura a la comunidad internacional universitaria y de acceso y circulación de la información en general, por todos los medios disponibles: una universidad transparente e interconectada, tanto para sí misma como para la comunidad en su conjunto, podrá corregir sus falencias, estimular su crecimiento y desarrollar mejores vínculos entre sí, con otras comunidades universitarias y con la sociedad en general.
No es posible dejar de señalar, por último, que las múltiples demandas postergadas, las necesidades legítimas casi siempre insatisfechas, de todos los sectores de la vida universitaria, de todas las dependencias, áreas y campos de conocimiento, o, dicho de otra forma, las enormes expectativas creadas en torno al cambio que nos hemos propuesto encarar, serán para nosotros el mejor estímulo para intentar hacer efectivos cada uno de los compromisos contraídos. Pero nada de ello será posible si no nos acompañan, teniendo clara conciencia de la magnitud y la complejidad de la tarea, del esfuerzo que se requiere de cada uno para construir y sostener los difíciles consensos que permitan esos cambios, de la constancia y la firmeza que serán necesarias para disolver, minimizar o soportar los obstáculos, de la generosidad y la paciencia, en fin, para distinguir las prioridades y las urgencias de los propios y legítimos intereses. No sólo tenemos que defendernos del pesimismo metódico y complaciente, también debemos curarnos del voluntarismo, escapar de las estrechas tentaciones del egoísmo sectario, de la frivolidad auto-satisfecha. Tenemos que fortalecer nuestro frágil sentido de la realidad y desde ya, terminar con la insoportable cultura del autoritarismo y la prepotencia. Tenemos, por fin, que ser plenamente serios: está en nuestras manos la recuperación de una de las más importantes instituciones públicas de nuestro país. No hemos venido a encarar aquí empresas heroicas, no somos un grupo de temerarios universitarios auto-motivados: al contrario, toda nuestra fortaleza, como ustedes bien los saben, ha provenido y deberá provenir del trabajo y el compromiso que hemos construido colectivamente, es decir, dependerá de cada uno de ustedes.
El conocimiento, cuando es el fruto sedimentado de una construcción crítica y, por lo tanto, susceptible de revisión incesante, es la mejor herramienta para orientar, reorientar, transformar e incluso crear realidades. Tenemos, o mejor, somos esa herramienta. Es nuestro deber ponerla al servicio de metas humanas generosas. Los hijos de este país que están creciendo y los hijos de este país que aún no han nacido, esperan de nosotros, de la actual universidad pública argentina, gestos claros y responsables, ninguna frivolidad y un mayor apego por el cuidado de este enorme bien público, que es el único espacio posible para un futuro independiente de nuestro pueblo.
Por lo demás, como dijo el gran economista John Maynard Keynes: "Las ideas de los filósofos, los economistas, los científicos, son más poderosas de lo que por lo general se cree. Los hombres prácticos que se consideran exentos de cualquier influencia intelectual generalmente terminan esclavos de difuntos escritores académicos del pasado".
No puedo concluir estas palabras sin renovar la convocatoria al trabajo cotidiano para el cambio universitario. Seguramente será necesaria también la alegría, confianza, convivencia democrática y la mirada puesta en la mejor versión de cada uno de nosotros mismos.
Tengo que concluir, por cierto, agradeciendo. Agradeciendo en mi nombre y en el de mi compañero, el Vicerrector, Dr. Gerardo Fidelio, la enorme confianza y el sostenido apoyo de nuestras facultades, la Facultad de Ciencias Químicas y la Facultad de Filosofía y Humanidades, que expresan, como bien saben, buena parte del conjunto, entre las dos, de nuestra universidad. Especialmente, además, la confianza y el apoyo sacrificado de nuestras familias, de nuestros padres, nuestros padres y madres, de nuestros principales maestros sin dudas; y también en especial de nuestros hijos, nuestras principales obras, la esposa de Gerardo, Miriam y Pancho, mi marido. ¿Qué decir?. Las fuerzas cuando ya no alcanzan, siempre provienen de ellos, quienes nos hacen más fuertes con su cariño incondicional. A todos ellos y a todos ustedes, esperamos honrar la enorme confianza recibida.
Muchas gracias.
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